El artículo siguiente, por Alberto Linares Brito, se publicó en el Boletín Cultural de la asociación “La gatera", Sept. 2010, y, de forma más amplia, en El perseguidor, suplemento literario del Diario de Avisos del 6 de Noviembre 2010.
LAS VOCES DE ELENA PRADAL
Elena Pradal es italiana y vive en el sur de Tenerife. Es también poeta y ensayista y, hasta ayer, su obra sólo estaba editada en italiano. Ahora acaba de publicar, en Ediciones Idea, su primer libro en español. Se trata de El último baile, un poemario compuesto por siete cuadernillos en los que otorga voz a sus personajes para narrar, entre otras historias, la gran tragedia de la destrucción de las ciudades de Pompeya y Hércules. Un canto coral no sólo inspirado en dos volcanes, el Teide y el Vesubio, sino escrito enteramente en Tenerife.
El último baile no es un libro complicado donde el lector se vea obligado a buscar complejas claves para entenderlo. Tampoco es un libro de ambiente necrológico porque su tema principal sea la muerte, uno de los temas universales de la literatura. No creo que haya un solo lector que, ante este libro, se vea afectado por algún sentimiento doloroso o funerario, porque éste es un libro para la reflexión. Pero como cualquier libro, es también un artefacto para intentar conocer lo que piensa su autora si convenimos que escribir es una forma de decir lo que uno piensa.
Lo que pienso yo es que estamos ante un libro donde no hay ni despliegues emocionales, ni contención poética porque todos los personajes que hablan lo hacen desde la constatación de los hechos. Esos personajes habitan una tierra de emociones ordinarias y se hacen a sí mismos las preguntas más elementales sobre su existencia, que ya poco sentido tiene. La muerte es una emoción ordinaria para ellos porque los que hablan están muertos en su mayoría. Han sido arrasados por el volcán. Apenas han escapado del desastre los que hicieron caso a su instinto más primario.
Y, claro, si fue su autora, Elena Pradal, quien le otorgó voz a esos personajes, no sólo desde la constatación de los hechos, sino desde algo más que los rudimentos del budismo y la mitología griega, es decir, desde su asunción intelectual, habremos de convenir otra vez, que en este libro también está la voz de Elena Pradal. Porque en la poesía hay muy poca inocencia y porque si hay alguna clave para conocer lo que piensa la autora hay que remitirse a esos dos mundos: el budismo y la mitología griega. Y tampoco es imprescindible. Porque si el principal temor de los habitantes del libro no es la muerte sino la inminencia, más o menos adivinada, de la muerte, también lo es el de la autora y el de cualquier lector.
El último baile es un poemario claramente deudor de la Antología de Spoon River, un libro excepcional en la poesía norteamericana y de orígen misterioso, pero atribuido a Edgar Lee Masters. Uno de esos casos en los que un libro adquiere fama por encima de su autor.
En ese libro los personajes se suceden unos a otros hablando de su propia muerte durante más de doscientos poemas, escritos como epitafios de un cementerio, en la colina de un pueblo ignoto del medio oeste norteamericano. Si en Antología de Spoon River se enjuician los aspectos morales de los pueblos sumidos en la hipocresía local y la estrechez de horizontes, en El último baile se habla desde el conocimiento de los hechos y casi desde la broma. Pero ambos coinciden en que la muerte termina equiparando todo. Y si en Antología de Stoon rider los personajes se preguntaban si el paso de una sociedad agraria a otra industrial merecía el abandono de los valores fundamentales en El último baile lo que planea es la resignación pero ambos libros refieren una sociedad que comenta su propia aniquilación como tal.
Se ha dicho siempre que si no sientes que alguien te está hablando en un poema debe ser muy difícil creer en él. En este libro siempre habla alguien. Mayormente los que lo han perdido todo, pero también habla Elena Pradal. Tanto las historias referidas al volcán, como las que abordan la figura del Alonso Quijano más terrenal o las contenidas en el cuadernillo Aquí no hay criminales, inspirado en el recuerdo de una cárcel, se cuentan en voces dispersas y de la más variada condición, pero siempre con un temple sereno y hasta inconmovible. Alguien habla siempre. Los personajes hablan con la sabiduría del testigo. Han visto desvanecerse el esfuerzo de la vida, pero son conscientes de la vanidad de todo. Y ese mismo sentimiento anima el resto de los cuadernillos: La nube, Una rana en el pantano, La muda y Dentro del ámbar, también escritos entre Italia y Tenerife y donde el pensamiento budista se hace presente con más claridad. Hay en este libro algo como una voz evanescente y única que parece valer para todos los personajes. Pero también al revés: muchas voces que son sólo una. Una voz intimista que sabe de la fragilidad del individuo y cuenta fragmentos aislados de una historia mayor que siempre es la misma y siempre es distinta.
Alberto Linares