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Elena Pradal
EL ÚLTIMO BAILE


Ediciones Idea, 2010








A continuación se propone el texto con el que Gastone Redetti presentó el libro “El último baile” en el Centro Cultural de Los Cristianos (Arona, Tenerife) el 21 de Septiembre 2010.



El último baile es un conjunto de siete cuadernillos, que recogen poemas compuestos por Elena Pradal en los últimos años.

Los tres primeros cuadernillos, que son también los más extensos, tienen carácter coral: varios personajes, uno tras otro, expresan su sentir, su pensar en una situación crítica, sea una catastrófica erupción volcánica, un entierro, o la marginación extrema de una cárcel.

Varios personajes: “varias voces”, según escribió Alberto Linares en su reseña del libro.

Algunos temas del poemario nacieron de la experiencia tinerfeña de la autora. Por ejemplo, el tema del volcán se lo sugirió la contemplación diaria del Teide. En Italia ella había siempre vivido en la llanura o cerca de montañas muy suaves, muy antiguas. El Teide la indujo a fijarse en el drama de los habitantes de la ciudad romana de Pompeya, sepultada por el volcán Vesubio en 79 d.C.

También el secundo cuadernillo, Van a enterrar a Alonso, tiene su origen en el haberse mudado a Tenerife.

En este caso, el motivo fue la re-lectura del Quijote en castellano. Quizás en Italia el Quijote esté algo subestimado, y a veces considerado “literatura juvenil”. La relectura sorprendió a la autora por la actualidad de la obra y por la presencia en ella de ciertos elementos universales, tal como la reflexión sobre ese espejismo que siempre nos deslumbra a todos, esa ilusión, esa búsqueda que puede parecernos vana y que sin embargo es nuestra única brújula, como expresa el Coro de los caballeros andantes, poema que concluye el cuadernillo, y que es importante para entender su sentido.

Van a enterrar a Alonso se desarrolla en torno a la muerte de Alonso Quijano (así llamábase Don Quijote antes de convertirse en caballero andante). Las “voces” son las de los paisanos de Alonso, hablando de sí mismos y de su propia relación con el fallecido caballero. Parece como si la campanas del entierro empujaran a los paisanos a decir de una vez la verdad. Cada uno acaba con confesar su semejanza – en el fondo - con ese pobre Alonso que la gente tanto había ridiculizado cuando vivía.

Escuchemos la voz de Dulcinea dirigiendo la palabra al fallecido:


Dulcinea

¿Por qué has roto

mi corazón

diciéndome,

antes de morir,

”al fin lo entiendo,

tú no eres Dulcinea”

Yo me reía de ti,

sí,

como los demás,

pero cuando

negaste

tu sueño

me negaste a mí.

Ah,

¿por qué

has roto

mi corazón?


Dulcinea despreciaba a Alonso al igual que le despreciaban los demás. Sin embargo el amor de Alonso, mejor dicho su sueño, era algo que alimentaba también a Dulcinea.


Es decir, todo el mundo tiene un sueño y un secreto. Dulcinea se ríe del sueño de Alonso, pero oculta el suyo.

No todo el mundo logra quedarse fiel a su propio sueño. Tampoco todo el mundo logra manifestarlo. Quien lo hace, se arriesga a parecer ridículo o incluso loco, como pasó con Alonso.

Escuchemos, por ejemplo, la voz del poeta:


El poeta

¡Van a enterrar a mi hermano!

El otro loco

cazador

de nubes y

emociones,

creador

de su propia

confusión”.

 

Hay quien ve en el error de Alonso otra forma de su propio error:

 

La madre

Tú confundiste

molinos de viento

con gigantes.

¿Y yo,

que confundí

a mis hijos

–estos furiosos enemigos–

con mis

tiernos corazones?

 

¡Alonso!

¡Pudiera

yo liberarme de mi emblema

de madre

como tú has tirado lejos de ti

el emblema de

don Quijote!

 

El cuadernillo siguiente (Aquí no hay criminales) no tiene por tema la muerte, colectiva o individual, sino otro drama, el encarcelamiento.

Elena escribió la serie en Tenerife, pero basándose en un recuerdo anterior, cuando solía viajar por cierta carretera de Italia central, y, en el medio de un hermoso paisaje, aparecía repentinamente una cárcel de máxima seguridad.

Así que el lugar de Aquí no hay criminales es la cárcel, y la voces son las de los presos, gente caída, aplastada por las circunstancias de la vida.

 

Chocar

Ahora,

casi todos los asesinos

son considerados locos

y están hospitalizados

en clínicas psiquiátricas:

en consecuencia,

los que veis

aquí somos un montón de

buenas personas,

estúpidas y desgraciadas,

quienes hemos tomado

una copa de más

durante una noche...

sólo somos

delincuentes accidentales.

Hay quien conduciendo el coche

por la noche

choca contra alguien

involuntariamente...

así

–involuntariamente–

nosotros hemos chocado

contra algo...

o alguien...

conduciendo nuestras vidas

por una obscuridad

demasiado larga.

 

Es decir, nadie elige ser desgraciado. Nadie quiere caer, bajar, ser pisado por los demás. La caída es un chocar, lo que implica que tiene algo fortuito, que siempre hay circunstancias exteriores o interiores que la determinan.

 

El trocito de inocencia

Los ricos

nunca están aquí.

Porque los ricos

tienen abogados

que los escuchan,

y siguen buscando

y buscando

hasta la niñez de sus clientes,

donde siempre se encuentra

un trocito de inocencia.

 

Esta preciosa inocencia,

los abogados

la sacan de adentro

y la enseñan

–intacta–

a los jueces encantados.

 

Nosotros,

de la misma manera que

tenemos médicos baratos,

tenemos abogados baratos:

”Siguiente”.

Nos tratan

a toda prisa

y para todos nosotros

el mismo diagnóstico:

”Criminal”.

La misma receta:

”La cárcel”.

¿Y la dosis?

”Bueno... el tribunal

puede decidir”

(¿y nuestra inocencia?

Demasiado cara).

 

Aquí es más aun evidente la propensión de la autora a ponerse en los zapatos del otro.

Estos cuadernillos, que hemos llamado “corales”, con su ir de personaje en personaje, de voz en voz, de situación en situación, se pueden entender como una práctica de la compasión, debida a la conciencia de que todos compartimos la misma suerte, de que lo que ocurre a uno puede ocurrirme a mí mañana, de que la buena suerte puede convertirse de repente en mala y que – de todos modos – ninguna riqueza ni situación social privilegiada va a salvarnos de la enfermedad y la muerte.

La compasión no es la actitud sentimental de quien compadezca a los demás sintiéndose exento del mal. Lo que realmente es la compasión, lo explica la misma etimología de la palabra, que es padecer junto (cum-patire).

 

 

El tema de la muerte

 

El tema de la muerte está muy presente en la poesía de la autora, no solamente en este libro, sino en toda su producción poética. Sin embargo, en esta presencia no hay nada inquietante, aterrador o funerario.

Hablando desde mi punto de vista – que es el de un muy antiguo lector de Elena - puedo decir que sus poemas sobre la muerte son de los que me trasmiten más serenidad e incluso alegría. Me comunican un sentido de ligereza y de sintonía con el cosmos. En ellos la muerte aparece despojada de ciertos residuos ideológicos, de ciertos terrores que nuestra misma cultura nos impone.

Hay que decir que el tema ha sido muy meditado, muy trabajado por Elena, que desde chica se dedicó al estudio de varias filosofías y escuelas de pensamiento orientales. Un estudio que ha influenciado no sólo en su manera de pensar, sino en su poesía. Incluso en el nivel de la forma.

Este aspecto quizás sea más claramente visible en los últimos cuatro cuadernillos.

Aquí, a menudo, el concepto “corriente” de la muerte, se sustituye por una visión distinta, por la consciencia de la im-permanencia de todo acontecimiento, de la acción humana y de la misma consciencia.

 

Sin clamor

En nuestro telar

estamos tejiendo

nuestro inexistente tapiz:

los recuerdos como urdimbre,

las ilusiones como trama...

y después

todo nuestro trabajo

va a desaparecer sin

clamor,

como una nube coloreada

desvaneciéndose

en el atardecer.

 

Es claro que ya estamos lejos de cierta protesta individualista, de origen romántico. Lejos del mito del individuo gigantesco, del genio que no quiere morir y pretende dejar una huella imperecedera en la historia.

Hay aquí otra distinta, compleja, visión del mundo – y de la muerte - que se convierte en poesía.

Aquella imagen de la nube desvaneciéndose es – por otro lado - una metáfora, otro modo de nombrar a una muerte que ya se aleja de su concepto corriente.

Hay más: la imagen expresa un acto de identificación con la naturaleza.

Hay una manera de tratar líricamente la mutación, estilistícamente distinta de los primeros cuadernillos “corales”:

 

Aleluya

El momento

donde yo estaba,

ya se ha disuelto,

el momento,

y yo con él.

Y no hay

llanto,

duelo

o preguntas.

La vida surge

como una abeja

desde la flor

de la madrugada

y pinta una pared de color rosa

y, a continuación, se mueve

para iluminar una palmera.

Mientras tanto,

ella siempre sigue cantando

–in canone–

Aleluya

y De profundis.

 

Podemos encontrar otro ejemplo de esa perdida de identidad, de ese disolverse del ego en el objeto y viceversa en el poema siguiente:

 

Ningún jardinero

Ningún jardinero sembró

las amapolas rojas

del dolor:

fue el viento,

que las trajo aquí,

el mismo viento

que está ahora

agitando

el esplendor rojo

de las amapolas

en mi jardín.

Las flores se balancean

a la más mínima brisa.

Igualmente mi dolor

se despierta una vez más

al menor soplo

de la memoria.

 

Aquí sí hay dolor, pero es un dolor hecho impersonal, devuelto a la naturaleza, a la sencillez de la existencia. El dolor no ha sido eliminado, sino resuelto intima y religiosamente. La llamada “personalidad” se identifica con las amapolas rojas del jardín.

El dolor de quien escribe y el temblor de las flores son la misma cosa.

 

 

Otra clase de dolor

 

Un amigo, que había leído el libro antes de su publicación, definió la poesía de Elena como intimista, dentro de una contraposición intimismo/compromiso social. Elena me dijo que se sentía bastante cómoda en aquella definición. Sin embargo, yo veo en este libro aspectos fuertes de crítica social.

Hemos visto, más arriba, un poema que como tema tiene el dolor. ¿Qué clase de dolor? La poeta no lo dice, pero es evidente que se trata de un dolor íntimo, personal, una clase de dolor que nos afecta inevitablemente a todos, siendo relacionado con la condición humana, con el cambio inexorable de las cosas y con la muerte de los afectos. En ese caso quizás sea apropiada la definición de intimismo.

Sin embargo hay otra clase de dolor: es el dolor que sí “tiene jardinero”. Es el dolor sin resolver y que sin embargo podría ser resuelto. Es el dolor social, el terrible dolor que los seres humanos sembramos: la persecución, la opresión, la segregación, la guerra, la esclavitud, la marginación. El infierno inventado por los teólogos de la Edad Media ¿qué es, si no la proyección ultramundana del infierno que hemos creado en esta tierra y en esta vida?

El cuadernillo Aquí no hay criminales se enfrenta abiertamente con esta clase de dolor. Escrito en Tenerife, se basa – como ya dije – en el recuerdo de una cárcel de máxima seguridad que estaba cerca de la última residencia italiana de la autora. Del dolor social no se puede hablar singularmente, sino pluralmente, y hablar de ello ya significa denunciarlo.

Desde otro punto de vista, se puede decir que hay, en los cuadernillos “corales”, la compasión de una mujer por la condición masculina, y otro ejemplo de inter-ser.

 

Hay también otros elementos de crítica social en el libro, tanto más notables en cuanto poco corrientes. Pertenecen a una clase de problemas aún muy poco investigada, incluso a nivel sociológico, y que pueden pasar por completo inadvertidos, a menos que hagamos un pequeño esfuerzo por salir del punto de vista “neutro” de nuestra cultura.

La Virgen de los dolores

Me refiero a algunos poemas del libro que tienen como tema la mujer y la maternidad: relación que puede resultar monstruosa, minotáurica, a causa del carácter impuesto a la maternidad humana por la presión cultural y religiosa.

Lo que se denuncia no es la fuerza del vínculo biológico entre la madre humana y sus hijos, sino la paroxística ampliación cultural de dicho instinto y su explotación social. Podemos encontrar un reflejo de ese drama en la imagen del la Virgen de los dolores, tan presente en los paises de tradición católica.

Véase el poema que titula emblemáticamente “Minotauro”:

 

Minotauro

¡Ah mujeres embarazadas!

Parecéis una amenaza

tan grande como Dios!

Vuestros úteros son los huevos

que están incubando el mañana.

¿Quién será

vuestro Minotauro?

¿Y cómo

irá él a romper

una vez más

vuestro corazón?

¡Benditos los animales

que pronto olvidan a sus hijos

y vagan en busca

de nuevos amores!

¿Por qué nosotras,

madres humanas,

estamos infundidas

de un amor maternal

tan desmesurado?

¿Fue un hechizo

o un error ?

Como un borracho

que cuando despierta

se da cuenta

de lo que rompió

en su inconsciencia,

de la misma manera

las madres humanas

despiertan

de la embriaguez del amor,

y averiguan,

–consternadas–

cuanta

nueva gente infeliz

ha aumentado

el dolor

en el mundo.

 

El tema de la maternidad es recurrente también en otros poemas, especialmente en Las reinas de las oasis y en Perséfone.

 

 Gastone Redetti

 

 

 

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